El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, sellada ante Dios, en el caso del matrimonio religioso, y ante los hombres en el caso del matrimonio civil, para toda la vida, para amarse y colaborar en la obra creadora de Dios.

Para que esa realidad que llamamos “matrimonio” marche adecuadamente, cada uno de los dos debe ocupar el lugar que le corresponde y alcanzar la plena madurez de lo que su vocación significa. De hecho no es lo mismo ser esposo que esposa, porque no es lo mismo ser hombre que mujer. Tienen igual dignidad, tienen igual destino temporal y eterno, tienen igual nobleza, pero son distintos y a su vez complementarios. “El corazón tiene dos movimientos, sístole y diástole, por uno se cierra y por el otro se abre; pero sólo por los dos armónicamente coordinados se mantiene en vida al cuerpo. No son iguales, Si uno falla,,. falla el corazón y muere el hombre”. Así son el hombre y la mujer unidos en matrimonio.

En esta igualdad con respecto a su dignidad, hombre y mujer son distintos en su manera de hacerse presentes, pero a la vez, complementarios: y sólo juntos hacen la “humanidad”. Y no nos referimos sólo a sus distinciones físicas, sino también por su psicología (o aptitudes psicológicas), en sí mismos, frente al mundo y frente a las personas.

De cada una de estas actitudes surgen las virtudes y los defectos que más caracterizan y distinguen a cada uno. Reflexionemos un poco sobre eso.

La mujer es más consciente de sí misma, de su apariencia y de la impresión que crea a su alrededor, De ahí que sea tienda más a la coquetería, a la vanidad, pero también al orden, a la limpieza, a la delicadeza y a los detalles de la vida cotidiana. Hay también en ella una gran unidad; y muchas veces lo que ocurre en una dimensión de su vida repercute en otra, como los problemas de su trabajo que la entristecen en su vida familiar. El hombre en cambio, aparece más dividido. Normalmente no le gusta mezclar su vida de trabajo con su vida familiar, y en general es más despreocupado del orden personal.

En cuanto a su relación con el mundo material, el hombre tiene ante el mundo una actitud de conquista, de trabajo duro; él mira las cosas que lo rodean como algo que debe vencer, que debe organizar y dominar. Tiene así una tendencia a imponerse al mundo. La mujer, en cambio, frente al medio en que vive tiene un gran respeto; su cualidad es principalmente la aceptación. El hombre utiliza las cosas, la mujer las considera y las acepta. Así, por ejemplo, cuando el varón y la mujer se ven obligados a obrar con valor ante la adversidad, él es más apto para el acto de fortaleza que consiste en “atacar” y ella para el acto de la fortaleza que consiste en “resistir”. El varón es capaz de dar la vida por defender a su esposa e hijos, pero queda muchas veces anulado si la vida le exige cuidar para siempre a una esposa o un hijo inválidos. Por el contrario, la mujer llevaría con heroísmo incalculable esta tragedia aunque no tenga fuerzas para defenderse si la atacan.

También en la actitud frente a las personas ocurre una cosa semejante. La mujer suele ser más una presencia discreta, disponible, más afectiva, más paciente; tiene tendencia a proteger y a abrigar la vida frágil. El hombre tiene más tendencia a organizar a los demás, a orientar, guiar. Es la actitud propia del jefe.

Así mismo son distintos en sus modos de conocer y de mirar la realidad. El hombre ve lo esencial, las grandes líneas, la ordenación de las cosas, su relación, y es menos sensible a los detalles. Es como un dibujante que sólo retiene los rasgos generales. La mujer ve las cosas captando los detalles, no quiere dejar nada de lado, como si fuera un fotógrafo. También razonan distinto: el hombre es más calculador, más frio, más razonador. Es lento para ponerse a buscar la verdad, pero rápido para encontrar certezas cuando se decidió a buscarla. La mujer, en cambio, es más intuitivita; capta más globalmente; hoy se suele decir: “piensa con el corazón”. El razonamiento “afectivo” es muy importante y se da más en la mujer.

Teniendo en cuenta estas particularidades, ¿Qué decir de varón y mujer cuando se convierten en esposos?

El varón desempeña dos funciones: ser esposo y padre (tanto en el orden físico como en el espiritual). Ser esposo significa ser “cabeza” de un hogar.

Su mayor dignidad consiste en ser padre. Esto quiere decir que debe ejercer sobre su familia la tarea de gobernar, de ser providente y previsor, de guiar amorosamente a los suyos, de vigilar la educación de sus hijos. El padre de familia es un artista que debe esculpir en el alma de sus hijos la imagen de Dios. Debe conducirlos a la madurez psicológica y afectiva.

Por otro lado, la mujer en el matrimonio es fundamentalmente esposa y madre (tanto en el orden físico como en el espiritual).

Ser esposa significa aportar al matrimonio todas esas enormes cualidades que a una mujer da la auténtica femineidad. La mujer es la “señora” de la casa. Es la que hace que el hogar sea “hogar”, es decir, algo cálido, agradable y acogedor. La mujer es la que está en los detalles y puede poner la cuota de afectividad que es necesaria para la felicidad. El esposo es la cabeza, pero la esposa es el “corazón”. Si la cabeza anda mal, la familia muere infartada. Cada uno aporta lo suyo, porque son dos partes complementarias.

Sin embargo, la más alta misión de la mujer es la maternidad. Es el don más grande que Dios le ha dado. Sólo ella puede gestar en su seno un nuevo ser. Sólo ella es capaz de dar los detalles psicológicos y afectivos del hijo, ya sea biológico o espiritual. En el hogar ella representa la imagen de la fecundidad, y por lo tanto de la vida, de la alegría y el gozo.

Hombre y mujer son distintos pero complementarios. Juntos complementan la imagen de Dios. El hombre es más perfecto mientras más hombre es. La mujer es más perfecta mientras más mujer es. Y sólo serán más hombre y más mujer mientras más se atrevan a mirar e imitar a Jesús y María, los más grandes y perfectos ejemplos de humanidad.

Bibliografía:
Miguel Ángel Fuentes. Los hizo varón y mujer. Ediciones del Verbo Encarnado.
Miguel Ángel Fuentes. Elogio de la mujer fuerte. Colección Virtus. Ediciones del Verbo Encarnado
Juan Pablo II. Familiaris Consortio.
Catecismo de la Iglesia Católica.
Edith Stein. La mujer: su papel según su naturaleza y su gracia.

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