Llegaron las vacaciones de invierno… y con ellas los sentimientos de culpa de las madres que trabajamos y que sentimos que no podemos darle a nuestros hijos todo el tiempo, actividades, entretenimientos, momentos divertidos y atención que se merecen y que en época escolar reemplazamos con el colegio y el sinfín de actividades a las que solemos recurrir para que “no se aburran”.

Puedo asegurar con conocimiento de causa, a partir mi propia experiencia (y no digo lamentablemente porque todo sirve para aprender, sobre todo los propios errores) que entramos en una psicosis por mantenerlos ocupados, y cuando no lo logramos nos vamos a nuestros respectivos trabajos u ocupaciones, preocupadas y culposas ya que no estaremos para entretenerlos, jugar con ellos, o a lo sumo, aburrirnos también a su lado, como una inyección de solidaridad con su estado supuestamente lamentable de no saber qué hacer, a que jugar o en que actividades pasar el tiempo.

niño sano jugandoDetengámonos a reflexionar un instante, ¿Qué es lo peor que le puede pasar a nuestros hijos si se aburren durante 15 días? ¡¡¡Absolutamente NADA!!! ¡¡Al contrario, esto puede y seguramente será muy productivo para ellos!! No sólo descansarán, sino que también comenzarán a usar su creatividad buscando nuevos juegos y entretenimientos por sí mismos.
Ahora mismo, mis hijas, después de estar durante 90 minutos insistiendo alrededor mío que estaban aburridas (¡en su primer día de vacaciones!), cuando entendieron por fin que ya no se prendería la tele hasta la tardecita y que mamá debe trabajar aunque a ellas eso no les divierta, inventaron una cancha de polo en el jardín, con arcos hechos con vasos de plástico, y tacos de palos de árboles y una pelota hecha con papel y bolsas de supermercado, y están corriendo y jugando como si fueran “ginetas”, muertas de risa y olvidando todo su aburrimiento inicial.

Así, todo ese estado culposo y el remordimiento por no “cumplir el rol de madre” que conceptualmente nos ha impuesto esta sociedad, dio paso a un enorme alivio por confiar en el instinto y sentido común que probablemente todas tenemos.
Dejemos a nuestros hijos que se aburran, dejemos que inventen, que se valgan por sí mismos. Pero sobre todo, dejemos esa adicción que solemos llevar a cuestas, de querer controlar todo en sus vidas, de estar para solucionar todos sus problemas, aun cuando no los hay realmente, esa adicción a programar sus días minuto a minuto, de llenarlos de estímulos y actividades, de hacer masa, preparar pinturas, proveerlos de juguetes de todos los colores, tipos y sonidos.

Dejemos que sean niños, que inventen, que prueben, que se ensucien, que desordenen, que exploren. Dejemos que se aburran!! Pero eso sí, estemos aunque sea un rato todo los días, para poder ver los resultados de eso, ojalá con ellos mismos. En eso sabrán que, aunque no compartamos con ellos todo el tiempo, seguimos estando presentes.

 

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